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Seguro que a estas alturas tod@s habéis oído hablar del brunch, esa comida a medio camino entre el desayuno y el almuerzo que reúne alrededor de la misma mesa y en perfecta armonía platos dulces, salados, zumos, smoothies, cafés, tés e, incluso, cócteles.

Seguro que también conocéis que la palabra brunch viene de esa costumbre tan anglosajona de unir dos palabras en una creando una nueva y que, en este caso, es el resultado de unir los términos breakfast (desayuno) y lunch (comida).

Pero… ¿sabéis cuál es el verdadero origen del brunch y de la palabra que le da nombre?

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En cuanto a la costumbre de servir una comida entre las once de la mañana y las tres de la tarde, aunque hay unanimidad en situar su origen en el siglo XIX, alrededor de su nacimiento hay varias teorías.

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Hay quien lo atribuye a la costumbre de tomar algo después de la misa de media mañana del domingo en el barrio del Bronx, en Nueva York. Otros creen que era la forma en la que los más juerguistas de la noche neoyorquina se recuperaban de la resaca después de levantarse tarde el domingo. Algunos relacionan la costumbre con los periodistas de la época que, tras cerrar de madrugada las ediciones de sus periódicos, solían unir desayuno y comida a eso del mediodía del día siguiente, antes de seguir con su labor. Incluso hay quien aleja la costumbre de Nueva York y la traslada a las zonas rurales de Estados Unidos, donde los granjeros tomaban un tentempié contundente a media mañana para poder seguir con su trabajo.

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Sin embargo, parece que la teoría más aceptada es la que sitúa su origen las mansiones de las clases altas británicas afincadas en el Nueva York del siglo XIX. Por entonces era costumbre que el domingo fuera el día libre de los sirvientes que trabajaban en estas casas pero, antes de disfrutar de su permiso, éstos debían dejar listo un bufé en el que los productos de desayuno se mezclaban con los de la comida, de forma que, en ausencia del servicio, los señores tuvieran a mano comida en abundancia y cualquier sabor que pudiera apetecerles.

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No ocurre lo mismo con la palabra brunch, cuyo origen está muy claro. Y es que, la edición de 1896 del Oxford English Dictionary, ya la recogía. Allí, citando a la revista satírica “Punch”, se decía que el término había sido acuñado en Gran Bretaña un año antes, y lo definía como “una comida de domingo para los juerguistas del sábado noche”.

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Su verdadero “inventor” había sido un escritor británico llamado Guy Beringer que un año antes, en 1895, había dedicado un artículo en la revista “Hunter’s Weekly” a esta costumbre gastronómica y lo había titulado: “Brunch: A Plea”, algo así como “Brunch: una llamada”. En él, además de utilizar por primera vez la palabra resultado de unir breakfast y lunch, hacía una apasionada defensa de esta costumbre que, en su opinión además de ser un gran remedio contra la resaca, era también una oportunidad única para reunirse con los amigos y “comentar la jugada” de la noche anterior.

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Decía exactamente Beringer que el brunch es mucho más que una comida, que el brunch es una charla cautivadora que “te pone de buen humor, te congracia contigo mismo y con tus semejantes, y barre todas las preocupaciones y las telarañas de la semana”.

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Como veis, desde que el brunch es brunch, no sólo sus posibilidades gastronómicas son infinitas – lo habréis adivinado por las fotos, pero os lo contaremos en un próximo post 😉 – sino que además, es una buena costumbre en la que el placer de disfrutar de la comida y de la compañía están asegurados.

¿Y vosotr@s? ¿Soléis tomarlo? ¿Conocíais su historia? Porque, visto así…
¿quién no se apunta a un buen brunch?

¡¡Feliz martes!!

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Monica