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La grandeza de las pequeñas cosas

Debo decir que no soy el tipo de diseñador – después persona- al que le encanta dar su opinion y que se postule, creo que las opiniones y las perspectivas deben ser compartidas, para que enriquezcan y para que nos alimentemos de ellas .

Como en una gran comida donde la vajilla va y viene dando a cada miembro de la mesa la ración justa de lo que querrá tomar esta vez; habrá quien quiera mas, a quien no le guste, el curioso que desea probarlo todo, la que pone salsa a cada cucharada,.. de esos siempre hay,.. Lo importante es que cada uno se lleva un sabor propio de esta opinion , la interpreta a su manera y la escala a su perspectiva para afianzar pensamientos o ir por otro sendero.

Yo nací entre la década de los 70 y los 80 , justo en medio para ser exactos, en plena afloración de lo sintético y del fast-live, del poco valor a lo tradicional y de la apología de lo efímero en detrimento de lo duradero , y la verdad vivía muy contento, tanto que no me daba cuenta de las cosas de verdad que pasaban. Un día de mi adolescencia llegó a mis manos no sé ni como una cámara réflex- analógica claro -que debía tener unos 20 años, que si los sumamos a los que yo ya tenía entonces y los que han pasado , ahora le faltaría poco para ser una antigüedad. Aquella cámara era pesada, solida, con un diseño que ahora enamoraría al hípster más exquisito pero que en el entorno temporal en el que se hallaba no competía con cualquiera de las compactas ligeras de plástico casi desechables o con la mágica polaroid. A mi me encantaba, la carcasa con impresión de piel, las letras gravadas en el objetivo, el sonido del carrete y del diafragma eran orgánicos como si la cámara tuviera vida, como si quien la hubiera fabricado lo hubiera hecho para que durara una vida entera. Siempre me pareció una pieza única, aunque tenia claro que no lo era, pero había tanta intención detrás del diseño y de el funcionamiento que resultaba muchisimo mas especial que cualquiera de las otras, la sentía irrompible e imperecedera tanto que aun la conservo en una caja de zapatos debajo de mi antigua cama y que espero poder recuperar un día ; cuando mis hijos sean conscientes de lo que recibirán, para que puedan apreciarla como yo lo hice.

Esa cámara es mi primer recuerdo sobre la importancia del detalle y de la intención con la que se hacen las cosas, el diseño y la fabricación, un bello recuerdo sobre la longevidad de lo que creamos y consumimos y sobre el valor en alza del buen diseño y la calidad.

Quizás fue este el momento en el que decidí dedicarme a la arquitectura en clave de interiorismo y diseñar espacios en el detalle que me parece que merecen. Este sentimiento me acompaña en cualquier proyecto en el que me involucro, grande o pequeño siempre hay un rincón especial para elementos que aporten calidad como una cámara imperecedera o un momento para compartir esa vajilla que va y viene y que soporta el paso del tiempo porque es su cometido, como el de una tradición renovada que se crea de manera orgánica y evoluciona con las personas que la comparten.

 

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Texto: Abel Perez Gabucio

Imágenes: Studio Àbag

 

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